Tras años entre el juicio del público y la exigencia del podio, Enric Mas reescribe su historia en La Vuelta con una victoria en Aitana que va más allá del maillot rojo.
El ciclismo no suele perdonar a quienes tardan en cumplir sus promesas. Enric Mas conoce esa frialdad de primera mano.
Asumió el liderazgo del equipo Movistar con la etiqueta de heredero natural del ciclismo español, pero el peso de las expectativas ajenas pronto se transformó en una losa incómoda.
Las victorias no llegaban y el murmullo de la cuneta se volvió constante.
Su irrupción con veintitrés años, al firmar un segundo puesto en La Vuelta a España, trazó un camino exigente. Sumó podios, estuvo cerca en varias oportunidades y firmó notables actuaciones en el Tour de Francia, pero una sequía de casi cuatro años sin triunfos de etapa desgastó su relación con el público.
Luego llegaron las caídas, las cirugías, los retiros obligados y meses lejos de la bicicleta.
Sin embargo, el punto de quiebre ocurrió lejos del asfalto. La paternidad y un cambio de perspectiva le devolvieron la calma para afrontar la competición. Aprendió a relativizar los comentarios y volvió a competir sin el temor al fallo.
En las rampas de Aitana, el balear rompió el libreto. Cruzó la meta en solitario luciendo la camiseta de líder, un hito que cortó ocho años de sequía personal en las grandes rondas. Más allá de los tiempos oficiales, el corredor balear recuperó el respeto de la afición.
A sus treinta y un años, Enric Mas afronta el tramo decisivo de la carrera con la seguridad de quien ya no corre a la defensiva. El maillot rojo le pertenece por mérito propio, pero su mayor logro hasta hoy es haber transformado el reproche en respaldo popular.
Foto: Cxcling//Unipublic/Cxcling /Antonio Baixauli.
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